A mi lado sin que estés
.jpg)
Esta mañana me despertaron tus besos por mi espalda haciendo cascada, pero no estabas ahí.
Me estremecí entre tus brazos, cuando tu aliento chocó en mi nuca y me apretabas fuerte contra tu pecho para que nunca nos pudieran separar. No eras tú.
Te contemplo desde el suelo sentada y con los brazos cruzados, arropada con el sabor amargo de aquel sueño extraño que hace unos momentos se apoderaba de mi imaginación. Miro tus fotografías arrugadas, las acaricio pensando en tu piel.
Hace un momento desperté exaltada, me agité entre las sábanas y me aferré a mi almohada, como si la vida se me fuera en ello. Quise agarrarme a tu imagen.
Quería atrapar algún fragmento de aquel sueño, engancharme de él, colarme dentro y sentirte, pero ya se deslizaba silencioso por el suelo de mi cuarto, como una serpiente después de envenenarme. Ya se escapaba por la puerta, sin compasión alguna y sin volver la cabeza atrás. Me quedé mirando cómo se marchaba, incapaz de reaccionar ni de reclamar nada. No me acostumbro.
El aire huele a ti, está cargado de cuando no estabas, es mezcla de tu perfume y mi sudor. La cama es muy grande en tu ausencia.
La casa está vacía de tus risas, de tus manías, de tus ruidos y de tus silencios.
Aún conservo algún recuerdo revuelto por el sofá, replegado en el armario junto a mi ropa, doblado en mi mesilla de noche. También colecciono algunos reproches y unas cuantas canciones tristes, algo de rencor, trapos sucios que no se pueden lavar.
Sí, la cabeza me suplicaba que no me acercara a ti, que no manchara más nuestro orgullo, que era el momento de dejar que la distancia hiciera por nosotros y que el tiempo tomara las riendas… Pero el corazón no entiende de idiomas, de límites, de espacio y tiempo.
Ahora no te importa, igual que yo, tú vuelas a ras del suelo y sin querer tropiezas de vez en cuando. Ya no me comprendo.
Se me escapa una lágrima, entre sonrisas. Fue bonito mientras duró. Te siento sobre mí, me miras desde abajo, desde tu fotografía, con tus ojitos de caramelo. Parece que revolotearas alrededor de mi cuerpo, que me susurraras al oído hasta erizar mi piel. De nuevo sola, me empiezas a estorbar.
Me levanto y sigues aquí, te reconozco en los espejos. Luego me maquillo la desilusión y enmascaro mi realidad con un poco de carmín y una cuantas sombras.
Me lanzas miradas como puñales, desde lo lejos, con la sonrisa gacha y el humor cabizbajo, pensando que nada sale bien, que las cosas siempre se ponen del revés. Puede ser.
Mi cabeza se llena de pensamientos absurdos mientras me visto, las dudas me siguen atormentando, no pude deshacerme de ellas anoche. Lo siento.
Cuando pensaba que te olvidaría de nuevo, descubro que me esperas con el primer café, tan puntual como siempre, y me sabes tan amargo como dulce. Te has sentado en mi silla, a lo mejor hoy te has acordado de mí. Te pruebo y me quemas los labios, después un escalofrío recorriendo mi cuerpo.
Al rato se me enfrían las manos, puede que ya las hayas soltado y te estés marchando por las escaleras, pensando que no debiste volver y que nunca más lo harás. Luego cerrarás la puerta con cuidado para que no me despierte, demasiado tarde. No puedo dormir.
Lo has dejado todo desordenado, el salón patas arriba, tus huellas en el suelo, sombras en el recibidor, el techo que se me cae encima. Se te olvidó que me falta tiempo, se te olvidó que te amo.
El día se me hace largo, un poco más por la tarde que por la mañana, será que cuando el sol se esconde me recuerda un poco a ti. Siempre oscurecías tus pensamientos, te llenabas de noche en tu soledad, saltabas de un lado para otro maldiciendo. Luego me besabas y te reías, luego brillabas tanto que parecía que jamás volvería a anochecer. Merecía la pena hurgar en tu mundo, conocerte, caminar cogida de tu mano. Me sentía protegida, querida a tu lado.
Ahora el huracán nos alcanzó de nuevo, a ti te pilló desprevenido, a mi desnuda. Nos abalanzó contra el muro y todo se tambaleó, todo cambió. Nos dejó trozos de recuerdos que yo he disecado, sobras de tu amor que he escondido debajo de mi cama, tus fotografías. Maldigo mi suerte. ¿Qué fue de la tuya?
La ciudad ha cambiado mucho en poco tiempo. Se ha vuelto grande y ruidosa, con el bullicio que trae la soledad. Las calles se han mojado pero nunca llueve, solo desde mi ventana.
En mi cuarto me siento segura, allí me escondo de la realidad y la pinto de colores. En mi paleta siempre hallo el gris, en cada mezcla. El pincel desgastado me pide un poco más de azul. Trazo tus contornos, perfilo tus ojos, repaso las curvas de tu cuerpo, tus líneas rectas, me maravillo de tu belleza, me entretengo con los pequeños detalles. Siempre termino con tu sonrisa, que ensancho un poco más de la cuenta. Ahora firmo para poder adentrarme, perderme en tu cuerpo y emborracharme de tus abrazos. Así tiño de realidad mis sueños más prohibidos.
Después me acuesto y pienso en ti. Pronto llegarás y colgarás tu abrigo. Subirás por las escaleras y te acostarás en la habitación de al lado. Se habrá echo tarde, como siempre, y estarás cansado. Caerás rendido y pensarás un poco en mí, algunas noches de abril. Mientras velaré para que no te pase nada.
Siempre pensarás que me marché y tratarás de no recordar, para que no te duela.
Será mi secreto, mi pesadilla, mi castigo.
Alguna vez sentirás fría tu mejilla, no pude evitar entrar y besarte, pero tú cerrarás tu ventana pensando que fue una corriente… que la primavera es revoltosa.
Sigo aquí, aunque no me puedas ver…
Sigues aquí… pero ya nunca te podré tener.

ninguno dijo
Larga y contundente en tus anhelos.
26 Abril 2006 | 03:18 PM